Hay algo que está cambiando silenciosamente en la vida familiar: cada vez hablamos más de comunicación entre padres e hijos, pero cada vez nos miramos menos. Y no es un detalle menor. La comunicación real no empieza en las palabras, empieza en la presencia.
Por: Lic. Yanina Cossime*
Hoy muchos hogares comparten una escena cotidiana: todos llegan, cada uno con su dispositivo, la cabeza inclinada hacia una pantalla. No siempre por tristeza, pero sí con una desconexión emocional que termina afectando el vínculo. Cuando dejamos de mirarnos a los ojos, perdemos la posibilidad de registrar cómo está el otro, incluso antes de que lo exprese.
La comunicación que educa no es solo advertir o dar indicaciones.
La comunicación que educa no es solo advertir o dar indicaciones. Es diálogo, escucha, tiempo compartido y también ejemplo. Los hijos aprenden a gestionar sus dificultades viendo cómo los adultos afrontamos las propias. Por eso hablar de lo que nos pasa —con prudencia y criterio— también educa.
Además, la comunicación familiar funciona como un verdadero factor protector. Previene situaciones de riesgo, fortalece la autoestima y genera confianza. Un hijo que sabe que puede acercarse incluso cuando se equivoca tiene más herramientas para atravesar conflictos sin quedar solo frente al problema.
Al mismo tiempo, vivimos una etapa donde muchas funciones parentales se han ido delegando. A veces en la escuela, a veces en dispositivos, a veces en agendas laborales cada vez más exigentes. No siempre es por desinterés; muchas veces es necesidad. Pero también es cierto que el ritmo cultural actual empuja a sostener múltiples demandas simultáneamente, y ese tiempo suele salir del vínculo familiar.
Chicos hiperconectados tecnológicamente pero emocionalmente más
El resultado empieza a verse: chicos hiperconectados tecnológicamente pero emocionalmente más solos. Buscan orientación donde pueden, incluso en espacios impersonales, porque el adulto cercano no siempre está disponible.
Quizás el desafío actual no sea hacer más cosas, sino detenernos. Revisar prioridades, preguntarnos qué tipo de familia queremos construir y actuar en consecuencia. No desde la culpa, sino desde la conciencia.
Criar no es una tarea secundaria ni reemplazable. Es una responsabilidad humana profunda que impacta no solo en los hijos, sino en la sociedad que estamos formando. Recuperar la mirada, el diálogo y la presencia no es nostalgia: es prevención, cuidado y futuro.
* Yanina Cossime es esposa, madre, Lic. en Orientación Familiar, profesora, maestrando en Intervención en Poblaciones Vulnerables, profesora, operadora socio comunitaria, diplomada en prevención y tratamiento de la violencia y en educación sexual.
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