Latinoamérica
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En un mundo que se jacta de su progreso y derechos humanos, la historia de Tony Lewis en Australia nos obliga a detenernos y cuestionar: ¿estamos ante una victoria de la "autonomía" o ante el fracaso más absoluto de la solidaridad social?
Tony, un hombre diagnosticado con la enfermedad de la neurona motora (MND) (conocida habitualmente como ELA o Esclerosis Lateral Amiotrófica), ha tomado la decisión de acceder a la muerte asistida. Sin embargo, su elección no nace del deseo de morir, sino de la imposibilidad de seguir viviendo con dignidad. Al cumplir 65 años, Lewis quedó fuera del Plan Nacional de Seguro de Discapacidad (NDIS) de Australia, perdiendo el apoyo económico necesario para sus cuidados.
El caso de Lewis revela una cara oscura de los sistemas de salud modernos: la discriminación por edad y la deshumanización presupuestaria. Al ser excluido del apoyo por su edad, Tony se enfrentó a una encrucijada financiera insostenible. En sus propias palabras, él desearía seguir viviendo, pero siente que el sistema le ha cerrado todas las puertas, dejando la eutanasia como la única "salida" económica.
Esto no es libertad de elección; es una coacción sistémica. Cuando el Estado facilita la muerte con más eficiencia de la que ofrece cuidados paliativos o asistencia a la discapacidad, la "muerte digna" se convierte en una excusa para el abandono estatal.
Desde Culturizar, sostenemos que la vida tiene un valor intrínseco desde la concepción hasta la muerte natural. El caso de Lewis es un síntoma de lo que el Papa Francisco ha denominado la "cultura del descarte", donde las personas que ya no son "productivas" o que generan un "gasto" son empujadas hacia los márgenes, o peor aún, hacia el final prematuro de sus días.
Países con líneas similares de defensa de la vida, como los representados en Right to Life o Live Action, han advertido constantemente que la legalización de la eutanasia crea una pendiente resbaladiza donde los vulnerables terminan sintiéndose una "carga" para sus familias y la sociedad.
La verdadera respuesta ante el sufrimiento y la enfermedad no es el suministro de una sustancia letal, sino el compromiso inquebrantable de la comunidad y el Estado para garantizar que nadie sienta que su vida ya no vale la pena por falta de recursos.
La historia de Tony Lewis debe ser un llamado a la acción para reforzar nuestras redes de contención, mejorar los sistemas de cuidados paliativos y recordar que una sociedad es tan civilizada como la forma en que cuida a sus miembros más frágiles.
Otras fuentes:
A menudo cometemos el error de pensar que el liderazgo es un título que cuelga de una puerta o una posición en un organigrama. Sin embargo, el liderazgo real es una actitud, un servicio y, sobre todo, una influencia. Recientemente, en una óptica de Buenos Aires, recibí una clase magistral de este concepto de la mano de Abigail, una asesora que no necesitó ser la dueña del local para liderar mi experiencia de compra. Esta es mi experiencia personal.
Fui a comprar anteojos para leer. Salí con tres pares. Pero lo que realmente "compré" fue la seguridad que Abigail transmitía. El liderazgo natural se manifiesta cuando una persona toma la responsabilidad total de lo que sucede frente a ella.
Abigail no se limitó a "atender". Ella lideró la conversación: Detectó mi necesidad (el padel), gestionó mi freno (lo económico) y orquestó una solución junto a su equipo de trabajo. Cuando un colaborador lidera desde su puesto, el negocio deja de ser una estructura rígida y se convierte en un organismo vivo.
El liderazgo también es seguimiento. El hecho de que Abigail me contactara por WhatsApp al día siguiente para ofrecerme un descuento especial no fue un simple "acto de ventas". Fue un ejercicio de influencia proactiva.
Muchos esperan que se les diga qué hacer. Abigail, en cambio, llevó una propuesta a su equipo ("hablé con mis jefes por tu caso"). Ella lideró "hacia arriba" (gestionando a superiores) y "hacia afuera" (gestionando al cliente). Ese es el tipo de talento que sostiene a las empresas en tiempos de crisis: personas que se sienten dueñas de los problemas y hacen una arquitectura de las soluciones.
Incluso dos semanas después, Abigail seguía liderando la relación. Al pedirme una calificación en Google, ella no solo estaba buscando un número estadístico, estaba liderando la construcción de la prueba social de su equipo.
El liderazgo natural es, en esencia, un liderazgo de servicio. Abigail se comportó como si me conociera de siempre, eliminando las barreras de la frialdad comercial. Ese es el factor que hoy define quién sobrevive: La capacidad de las personas de humanizar el proceso y tomar la iniciativa.
Si estás esperando un mejor momento para empezar a liderar, estás perdiendo el tiempo. El caso de la ópticas nos demuestra que el verdadero motor de un negocio no es el diseño del local ni el marketing digital, sino el liderazgo natural de las personas que están en la "trinchera".
Liderar es influir. Y para influir, solo hace falta una dosis de empatía, un poco de gracia y la valentía de proponer algo más de lo que dice el manual de funciones.
Sobre el autor: Carlos Samuel Mansilla es Pastor, conferencista y especialista en trabajo en equipo. Desarrollo el análisis de la intersección entre Cristianismo e Inteligencia Artificial en Argentina y referente en la transformación teórica en el área digital de organizaciones con base en valores. Podés conocer más sobre su trabajo en su sitio web oficial.
Puerto Rico eleva la protección del concebido: Detalles de la Ley 18-2026
El pasado 12 de febrero de 2026, la gobernadora de Puerto Rico, Jenniffer González, marcó un hito legislativo al firmar el Proyecto del Senado 923. Esta medida, ahora denominada Ley 18-2026, enmienda el Código Penal para otorgar estatus legal de "ser humano" al niño en el vientre materno.
La modificación principal recae sobre el artículo 92, el cual define el delito de asesinato. Bajo este nuevo marco legal:
Esta nueva legislación no surge de forma aislada. La gobernadora González explicó que la Ley 18-2026 es el complemento necesario para la Ley 166-2025 (Ley Keishla Madlane).
Recordemos que la Ley Keishla Madlane fue impulsada tras el trágico asesinato de Keishla Rodríguez en 2021. Aquella norma ya tipificaba como asesinato en primer grado la muerte de una mujer embarazada si resultaba en la pérdida del niño en el vientre. Ahora, la Ley 18-2026 cierra el círculo legal al definir la identidad jurídica del concebido de manera independiente.
"Esta decisión busca consolidar una visión que prioriza la dignidad humana desde la concepción, posicionando a la isla como un referente de la denominada 'Cultura de la Vida'."
La salud pública global enfrenta un punto de inflexión histórico y alarmante. Por primera vez, el número de niños y adolescentes que viven con obesidad ha superado al de aquellos que padecen desnutrición grave. Este cambio de paradigma revela que el entorno alimentario actual es, quizás, más peligroso que la escasez misma.
Según informes recientes de organismos como UNICEF y la OMS, la crisis de malnutrición ha mutado:
El problema no es solo la falta de voluntad individual, sino un sistema que favorece los malos hábitos:
Expertos advierten que, de no actuar con medidas fiscales (impuestos a bebidas azucaradas) y regulaciones estrictas de etiquetado, las consecuencias en enfermedades cardiovasculares y diabetes tipo 2 colapsarán los sistemas de salud en la próxima década. La obesidad infantil no es un problema estético; es una crisis de derechos humanos y salud pública.
En los últimos años se instaló con fuerza un nuevo ritual adolescente que marca el inicio del último año de secundaria: el UPD (Último Primer Día). Más allá del nombre que reciba, lo interesante no es el fenómeno puntual, sino lo que revela: los adolescentes necesitan ritos de paso.
En todas las culturas existieron. El ser humano siempre buscó marcar el paso de una etapa a otra: del nacimiento a la vida social, de la niñez a la adultez, del duelo a la continuidad. El ritual, en sí mismo, es algo bueno. Es una forma simbólica de atravesar una crisis vital normativa, de decir: “ya no soy el mismo”.
Hoy estos ritos (banderazo, UPD, viaje de fin de curso, último día de clases, fiesta de egresados) están atravesados por el descontrol, el consumo excesivo de alcohol y otras sustancias, el riesgo físico, la violencia, las relaciones sexuales sin protección y la ausencia de límites claros. Y ahí es donde los adultos no debemos corrernos.
El consumo de alcohol está tan naturalizado en nuestra cultura —al ser legal, es la droga más consumida en nuestro país— que olvidamos que es una droga depresora del sistema nervioso central. El exceso en su consumo es riesgoso, pero lo es aún más en adolescentes, cuyo cerebro está en desarrollo; son más vulnerables a presiones externas y no pueden medir cabalmente las consecuencias de sus actos. No estamos hablando solo de “una noche divertida”.
Vivimos en una cultura donde autoridad, límite y disciplina se volvieron “mala palabra”. Sin embargo, el límite protege, cuida, dirige. No porque el adolescente sea incapaz, sino porque aún está en proceso de maduración y necesita referencias externas firmes y amorosas. El límite es una puesta en acción del amor y del cuidado de quien prefiere exponerse a la frustración del otro, a quien cuida, antes que verlo errar, herirse o perderse.
Muchos padres habilitan estas celebraciones bajo la idea de “mejor en casa”. Pero si en casa también hay exceso, ¿qué estamos cuidando? Educar implica pagar un precio. Siempre alguien paga el precio: o lo pagamos los adultos al sostener un límite, o lo pagan los chicos con las consecuencias.
Además, detrás de estos rituales hay otra pregunta más profunda: ¿para qué? La adolescencia es el tiempo de descubrir el propósito. Cuando no hay proyecto, cuando nunca hubo un adulto que se sentara a preguntar “¿qué querés ser cuando seas grande y cómo vas a lograrlo?”, aparece el vacío. Y ese vacío muchas veces se intenta llenar con intensidad, ruido y descontrol.
Celebrar el paso a una nueva etapa es saludable. Lo que necesitamos es proponer formas que acerquen al adolescente a su proyecto de vida, no que lo alejen.
Tal vez la pregunta no sea si deben o no celebrar, sino: ¿esto que vas a hacer te acerca o te aleja de la persona que querés llegar a ser?
Ahí empieza el verdadero acompañamiento adulto.
Hay algo que está cambiando silenciosamente en la vida familiar: cada vez hablamos más de comunicación entre padres e hijos, pero cada vez nos miramos menos. Y no es un detalle menor. La comunicación real no empieza en las palabras, empieza en la presencia.
Por: Lic. Yanina Cossime*
Hoy muchos hogares comparten una escena cotidiana: todos llegan, cada uno con su dispositivo, la cabeza inclinada hacia una pantalla. No siempre por tristeza, pero sí con una desconexión emocional que termina afectando el vínculo. Cuando dejamos de mirarnos a los ojos, perdemos la posibilidad de registrar cómo está el otro, incluso antes de que lo exprese.
La comunicación que educa no es solo advertir o dar indicaciones. Es diálogo, escucha, tiempo compartido y también ejemplo. Los hijos aprenden a gestionar sus dificultades viendo cómo los adultos afrontamos las propias. Por eso hablar de lo que nos pasa —con prudencia y criterio— también educa.
Además, la comunicación familiar funciona como un verdadero factor protector. Previene situaciones de riesgo, fortalece la autoestima y genera confianza. Un hijo que sabe que puede acercarse incluso cuando se equivoca tiene más herramientas para atravesar conflictos sin quedar solo frente al problema.
Al mismo tiempo, vivimos una etapa donde muchas funciones parentales se han ido delegando. A veces en la escuela, a veces en dispositivos, a veces en agendas laborales cada vez más exigentes. No siempre es por desinterés; muchas veces es necesidad. Pero también es cierto que el ritmo cultural actual empuja a sostener múltiples demandas simultáneamente, y ese tiempo suele salir del vínculo familiar.
El resultado empieza a verse: chicos hiperconectados tecnológicamente pero emocionalmente más solos. Buscan orientación donde pueden, incluso en espacios impersonales, porque el adulto cercano no siempre está disponible.
Quizás el desafío actual no sea hacer más cosas, sino detenernos. Revisar prioridades, preguntarnos qué tipo de familia queremos construir y actuar en consecuencia. No desde la culpa, sino desde la conciencia.
Criar no es una tarea secundaria ni reemplazable. Es una responsabilidad humana profunda que impacta no solo en los hijos, sino en la sociedad que estamos formando. Recuperar la mirada, el diálogo y la presencia no es nostalgia: es prevención, cuidado y futuro.
* Yanina Cossime es esposa, madre, Lic. en Orientación Familiar, profesora, maestrando en Intervención en Poblaciones Vulnerables, profesora, operadora socio comunitaria, diplomada en prevención y tratamiento de la violencia y en educación sexual.
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