El fenómeno del UPD: ¿Por qué los adolescentes necesitan ritos de paso?
En los últimos años se instaló con fuerza un nuevo ritual adolescente que marca el inicio del último año de secundaria: el UPD (Último Primer Día). Más allá del nombre que reciba, lo interesante no es el fenómeno puntual, sino lo que revela: los adolescentes necesitan ritos de paso.
En todas las culturas existieron. El ser humano siempre buscó marcar el paso de una etapa a otra: del nacimiento a la vida social, de la niñez a la adultez, del duelo a la continuidad. El ritual, en sí mismo, es algo bueno. Es una forma simbólica de atravesar una crisis vital normativa, de decir: “ya no soy el mismo”.
El problema no es la necesidad de ritual. El problema es el cómo.
Hoy estos ritos (banderazo, UPD, viaje de fin de curso, último día de clases, fiesta de egresados) están atravesados por el descontrol, el consumo excesivo de alcohol y otras sustancias, el riesgo físico, la violencia, las relaciones sexuales sin protección y la ausencia de límites claros. Y ahí es donde los adultos no debemos corrernos.
El consumo de alcohol está tan naturalizado en nuestra cultura —al ser legal, es la droga más consumida en nuestro país— que olvidamos que es una droga depresora del sistema nervioso central. El exceso en su consumo es riesgoso, pero lo es aún más en adolescentes, cuyo cerebro está en desarrollo; son más vulnerables a presiones externas y no pueden medir cabalmente las consecuencias de sus actos. No estamos hablando solo de “una noche divertida”.
Pero el tema de fondo no es solamente el consumo. Es el rol adulto.
Vivimos en una cultura donde autoridad, límite y disciplina se volvieron “mala palabra”. Sin embargo, el límite protege, cuida, dirige. No porque el adolescente sea incapaz, sino porque aún está en proceso de maduración y necesita referencias externas firmes y amorosas. El límite es una puesta en acción del amor y del cuidado de quien prefiere exponerse a la frustración del otro, a quien cuida, antes que verlo errar, herirse o perderse.
Muchos padres habilitan estas celebraciones bajo la idea de “mejor en casa”. Pero si en casa también hay exceso, ¿qué estamos cuidando? Educar implica pagar un precio. Siempre alguien paga el precio: o lo pagamos los adultos al sostener un límite, o lo pagan los chicos con las consecuencias.
Propósito y vacío: La pregunta de fondo
Además, detrás de estos rituales hay otra pregunta más profunda: ¿para qué? La adolescencia es el tiempo de descubrir el propósito. Cuando no hay proyecto, cuando nunca hubo un adulto que se sentara a preguntar “¿qué querés ser cuando seas grande y cómo vas a lograrlo?”, aparece el vacío. Y ese vacío muchas veces se intenta llenar con intensidad, ruido y descontrol.
Celebrar el paso a una nueva etapa es saludable. Lo que necesitamos es proponer formas que acerquen al adolescente a su proyecto de vida, no que lo alejen.
Tal vez la pregunta no sea si deben o no celebrar, sino: ¿esto que vas a hacer te acerca o te aleja de la persona que querés llegar a ser?
Ahí empieza el verdadero acompañamiento adulto.
* Yanina Cossime es esposa, madre, Lic. en Orientación Familiar, profesora, maestrando en Intervención en Poblaciones Vulnerables, profesora, operadora socio comunitaria, diplomada en prevención y tratamiento de la violencia y en educación sexual.
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