Hay un dato que debería incomodarnos: según la Organización Mundial de la Salud, más de 720.000 personas mueren cada año a causa del suicidio. Y se encuentra entre las principales causas de muerte en jóvenes de 15 a 29 años. Las cifras impactan, pero por sí solas no explican nada si no nos animamos a preguntarnos qué está ocurriendo en el entramado social que habitamos.
Por: Lic. Yanina Cossime*
No estamos frente a un fenómeno aislado ni exclusivamente individual.
Tampoco puede reducirse a una condición socioeconómica. Estamos ante un contexto cultural que ha modificado profundamente la manera en que entendemos la vida, el dolor y los límites propios de la realidad humana.
Nuestra época exalta la autosuficiencia, el rendimiento constante y la satisfacción inmediata. El malestar se vuelve intolerable, la frustración debe resolverse rápido y el sufrimiento se interpreta como una falla. La cultura actual niega la vulnerabilidad y tiende a ocultar la enfermedad, la pérdida y la muerte. Pero la condición humana implica fragilidad. Nadie atraviesa la vida sin pérdidas, crisis o heridas.
Cuando una sociedad deja de transmitir herramientas para atravesar esos momentos, las personas quedan sin recursos internos para sostenerse frente a la adversidad. La salud mental no puede pensarse solo desde la clínica; también es el reflejo del sistema de valores que predomina en una comunidad.
Si el valor personal se asocia casi exclusivamente con el éxito, la imagen o la productividad, quienes atraviesan dificultades profundas pueden sentirse insuficientes o descartables. A esto se suma la imposibilidad de hablar del pesar del corazón. El sufrimiento se vive en soledad, incluso rodeados de otros que no saben —o no logran— escuchar lo que realmente nos pasa.
Otro fenómeno central es la pérdida de sentido. No alcanza con estar ocupados o funcionar correctamente. Toda persona necesita un propósito que otorgue coherencia a su existencia.
Sin sentido, el dolor se amplifica. Con sentido, incluso el sufrimiento puede ser atravesado con mayor fortaleza.
La prevención no se reduce a intervenir en la crisis. Exige revisar la narrativa cultural que transmitimos. ¿Enseñamos que la vida vale también cuando duele? ¿Damos espacio para expresar miedo, tristeza o angustia? ¿Validamos las emociones o las minimizamos?
La familia ocupa un lugar decisivo. Es el primer ámbito donde se aprende a nombrar lo que se siente y a recibir contención. Cuando el entorno ofrece presencia y escucha, se construyen factores protectores sólidos. Cuando esto falta, la sensación es la de caminar sin red.
El suicidio es multicausal y complejo. Pero ignorar el clima cultural en el que se desarrolla sería un error.
Tal vez el desafío más urgente sea recuperar una mirada más humana sobre la vida: una que no niegue el dolor ni oculte la muerte, y que no reduzca el valor de la persona a su desempeño.
La salud mental también depende del sentido que una sociedad le otorga a la vida y a sus límites. Y esa transmisión comienza, siempre, en casa.
* Yanina Cossime es esposa, madre, Lic. en Orientación Familiar, profesora, maestrando en Intervención en Poblaciones Vulnerables, profesora, operadora socio comunitaria, diplomada en prevención y tratamiento de la violencia y en educación sexual.
📩 yaninacossime@gmail.com
🌐 Facebook: https://www.facebook.com/yaninacossime
🌐 Instagram: https://www.instagram.com/cossimeyanina


















