Hay historias que nos sacuden. No por lo que muestran en la superficie, sino por todo lo que dejan entrever. Y una de esas historias es la de Noelia Castillo, una mujer española de 25 años.
Por: Lic. Yanina Cossime
La decisión de esta joven de acceder a la eutanasia vuelve a abrir preguntas incómodas. Y no desde el juicio —porque no es ahí donde debemos pararnos—, sino desde la necesidad de comprender. Comprender qué hay detrás.
Una infancia marcada por la inestabilidad y las ausencias
Porque cuando uno empieza a reconstruir su historia, lo que aparece no es un hecho aislado de dolor o dificultad. Aparece una vida atravesada por el sufrimiento.
Una infancia marcada por la inestabilidad y las ausencias. Una familia atravesada por problemáticas profundas de salud mental y adicciones. Instituciones que, lejos de proteger, fallaron y aumentaron su vulnerabilidad. Incluso situaciones de abuso y abandono que dejaron huellas difíciles de dimensionar.
Y más adelante, un intento de suicidio que la deja en una condición física extremadamente limitante.
Un Estado que también falló, y que la respuesta que le dio frente a tanto dolor fue la muerte.
Entonces, la historia ya no es solo la de una decisión final: solicitar la eutanasia. Es la de una trayectoria de sufrimiento.
Ese sufrimiento deja de ser una elección posible y se vuelve estructural
Y ahí es donde la mirada cambia.
Porque cuando uno mira un poco más profundo, entiende que no se trata solo de dolor. El dolor es inevitable, es parte de la vida.
Pero el sufrimiento… es otra cosa.
El sufrimiento muchas veces se plantea como opcional, como la actitud con la que enfrentamos el dolor. Pero cuando una vida está marcada por la soledad, por el abandono y por la falta de vínculos reales, ese sufrimiento deja de ser una elección posible y se vuelve estructural. Porque se carece de las herramientas necesarias para enfrentar el dolor. Y es allí donde todo se vuelve oscuro y carente de sentido.
Entonces, la pregunta cambia.
¿Tenía acaso Noelia herramientas para que el sufrimiento fuera opcional en su vida? ¿Ella quería morir? ¿O simplemente quería dejar de sufrir?
Y ahí es donde la reflexión se vuelve más humana.
Porque cuando no hubo sostén, cuando no hubo presencia, cuando nadie estuvo verdaderamente disponible, las opciones se reducen. No porque no existan otras, sino porque nunca fueron conocidas.
Desde la perspectiva de la familia, esto es central.
No se trata de idealizar familias perfectas, porque no existen. Se trata de comprender el valor de una presencia suficientemente buena. De ese vínculo que, aun con errores, transmite algo esencial: sos valioso, sos importante, no estás solo, vas a poder.
Ahí es donde se construyen las herramientas.
Herramientas que no evitan el dolor, pero sí permiten atravesarlo. Herramientas que hacen que, incluso en escenarios difíciles, la vida siga teniendo sentido.
Cuando eso falta, las consecuencias no siempre son visibles de inmediato. Pero están.
Y como sociedad, no podemos mirar para otro lado.
Porque estas historias no ocurren en lugares lejanos únicamente. También están cerca: en jóvenes que crecen sin referencias, en adultos que no encuentran sentido, en personas que, aun rodeadas, viven profundamente solas.
Tal vez el desafío no sea tener todas las respuestas. Tal vez sea algo más simple. Volver a mirar al otro. Volver a estar.
Porque a veces, lo único que alguien necesita para no rendirse… es saber que hay alguien a quien le importa y que está dispuesto a acompañar en el camino.
Y eso, aunque parezca poco, puede cambiarlo todo.
Te propongo hoy mirar a tu alrededor y tender la mano a quien lo necesita.
Sobre la autora:
Yanina Cossime es esposa, madre y Licenciada en Orientación Familiar. Además es profesora, y está maestrando en Intervención en Poblaciones Vulnerables. También es operadora socio comunitaria, diplomada en prevención y tratamiento de la violencia y en educación sexual.
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