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El Señor de la guerra ⎪ Por el Dr. Nelio Chimentón

So Wang, tal era su costumbre, despertó con el alba. Se desperezó mientras observaba a través de los cortinados, como el sol naciente, arremetía contra un cúmulo de nubes que intentaban cortarle el paso…Hoy no es un día como todos, -pensó con júbilo-, mi muchacho va a cumplir 18 años… Su  sonrisa se ensanchó al recordar aquel día en que por fin una de sus esposas le había anunciado el nacimiento de su primer hijo varón… 


So Wang era un Señor de la Guerra, lo que equivalía en aquel comienzo del siglo viente, ser amo y señor de un trozo importante del territorio chino, a cuyos habitantes les imponía su absoluta voluntad, y de quienes vivían, con opulencia, él, su familia, su corte y su ejército.

Era un eximio guerrero con soldados muy bien entrenados a su servicio… y apoyado en ellos, sentía perfectamente su afán de conquistar más territorios y dominios.  Pero como no era necio, tenía bien en claro que los años inexorables, le estaban quitando todo aquello que se necesita para tan magna empresa.


Pero ahora todo se facilitará, - se dijo con entusiasmo-, mi hijo será quien complete mi obra inconclusa, porque lleva en la sangre mi mismo espíritu guerrero… además, ¿Quién podría tener mejor maestro a su lado que su propio padre, para adiestrarlo y hacer de él, un sagaz y poderoso Señor de la Guerra?

So Wang era hijo de un rústico campesino que amó profundamente a su tierra… La aró hasta con sus propias manos, porque según sus palabras, la tierra es tan hermosa que merece que todos los días  se la acaricie. En su fuero íntimo So Wang menospreciaba el trabajo de su progenitor, pero amaba su persona, a la vez que detestaba a sus hermanos que juntaban grasa en sus abultados vientres, en las casas de té y detrás de los mostradores de sus prósperos negocios en la gran ciudad.


Mientras terminaba de acicalarse, volvió a sonreír… por un momento se dejó llevar por la fantasía; veía a su hijo montado en brioso corcel, vencedor de cuanto señor de la guerra se le cruzara por delante... logrando para él su inconcluso sueño de conquistas.

Pero… de pronto un pensamiento le congeló la sonrisa y lo despertó de sus sueños… Su hijo en ocasiones lo tenía perplejo. A menudo se ausentaba y se lo veía vagando por las campiñas cercanas, hablando con Los labradores del lugar, abstraído en la contemplación de las mieses que doraban el suelo fecundo. Llamándolo a su presencia lo interrogó… ¿Puedo saber en  qué estás perdiendo tu tiempo?... Te das cuenta que estás quitándole espacio a tu aprendizaje? ...Ayer desairaste a tu profesor de esgrima… no has tocado tu  sable... no  has montado tu corcel ni recibiste a tu instructor de estrategia... ¿Como te atreves a desobedecerme así? ¿Qué es lo que ocurre?


Padre mío, -replicó el joven-, ¿Me autorizas a expresar lo que siento?...

El padre a punto de perder la paciencia le responde: ¡No sólo te lo permito... te exijo que te expliques de una buena vez!

Padre... tú y yo amamos la tierra, pero de manera distinta. Tú la sueñas como un espacio a conquistar. La imaginas cubierta con la sangre y los cuerpos de tus enemigos.

Sus sonidos son para ti el retumbar de los cañones y el entrechocar de los aceros. Yo, en cambio, la sueño cubierta de estíos… plena de mieses… Me subyuga su fecundidad, me reboza el corazón ver cómo  devuelve en frutos la pequeña semilla que cae en su regazo. Me embelesa el canto de sus labriegos. Tú, padre mío, anhelas hollarla con las botas de tus hombres y con las máquinas de guerra… yo en cambio, siento el inmenso placer de caminar descalzo sobre su alfombra verde, y sentir la ternura de su caricia en mis pies.


So Wang sintió una profunda congoja… a media voz atinó a responder: Pero... hijo mío…

¿Cómo puede ser? ¿Prefieres la oscuridad de un aldeano agricultor, al esplendor de las conquistas y el fervor de las victorias? ... ¿Es que acaso no te das cuenta de la chatura de esa existencia?

Si tú me lo ordenas, -replicó el muchacho-, he de obedecerte. Lucharé por las conquistas que anhelas. ¡Pero eso nunca podrá hacerme feliz!


El Señor de la guerra se encerró en su cuarto con una furia infinita. Poco a poco se fue serenando y al elevar su vista a la pared su vista se posó en una pintura con la faz de su anciano padre. Le pareció que la sonrisa del viejito taimado era más inmensa ese día… Finalmente él también sonrió y le dijo: ¡Está bien viejito ladino... me has robado a mi hijo!... Lo que no lograron sofisticados ejércitos, lo han conseguido tus genes... ¡Me has derrotado y me has pegado donde más me duele! ¡Será nomás como lo planeaste desde la eternidad!

Entrecerró sus ojos, mientras que desde el arcano le llegó la voz de su padre que le decía: No… no he sido yo quien te robó tus sueños… Quien te ha vencido ha sido ella... Ella que cuando se la ha conocido se la ama para siempre… Ella... La buena tierra!

Ella que es como un vientre materno… creada para crear... creada para dar vida. …y que al igual que  el seno de las madres repele a quienes destruyen sus frutos…





COLUMNA:
Dr Nelio José Chimenton

Médico rural

Facebook: Nelio Chimenton




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